Quiero que el feminismo desaparezca

Hace casi un año dije que el feminismo no debería de existir. Hoy lo sostengo y lo digo quizá con más convicción. Desearía que no fuera necesaria en el mundo su presencia. Sin embargo lo es. Lo sigue siendo porque tienen razón todas las personas que reclaman seguridad, igualdad de oportunidades y algo tan fundamental como el mínimo trato digno que se le daría a cualquier ser humano. Sigue siendo, y seguirá siendo, indignante e inaceptable que la mitad de la población sea tratada como objeto de consumo y de deseo, que la relevancia de su existencia y de sus méritos se reduzca a la sombra de un segundo plano. Sigue siendo una infamia, simple y sencillamente, que tantas personas sean tratadas como objetos. Igualmente indignante es la falta de respuesta de las autoridades, la insistencia por minimizar el problema y la negligencia de todos los que pueden hacer algo al respecto.

Lo dije antes también: creo que todas las palabras del mundo no alcanzan para poder decir algo sobre el dolor por toda la sangre derramada, por todas las vidas perdidas. Esa sangre inocente clama desde la tierra donde fue vertida. Esta exigencia se eleva con fuerza desde las marchas para trascender la esfera de lo político y penetrar también en el campo de lo más íntimo; porque ahí también las cosas tienen que cambiar. Las voces que piden a gritos justicia y equidad ya no sonarán sólo en las calles y en las plazas, sino también en los hogares y en las casas. El silencio de las víctimas es nuestro más grande escándalo. No serán sólo las leyes y nuestras estructuras las que tendrán que cambiar. El cuerpo político empujará inevitablemente la balanza hacia un estado más justo. Pero la justicia estatal no basta; nunca será suficiente si no se siembra la semilla de un nuevo espíritu. Lo digo con toda la mística y la poesía que me permite mi limitado lenguaje, porque es la única forma que conozco de expresar la conversión de la que quiero hablar. Las voces que buscan hablar de esta verdad profunda seguirán sonando en los foros, pero más importante aún es que suenen y resuenen en los corazones de los hombres.

¿Qué verdad es esta? Se preguntarán algunos. Es una con muchas caras, pero que puede y debe ser conocida. Es una verdad que confronta y acusa; pero también que alivia y conforta. Es la misma verdad que es transgredida con cada violación, con cada asesinato, con la esclavitud, con la trata de blancas y con cada injusticia padecida por quien ha tenido el infortunio de ser quien es por nacimiento. Es la verdad que se profana cuando son humilladas e ignoradas las víctimas y quienes padecen iniquidad. Dicho en términos mundanos, es la misma verdad que nos acusará por pensar que hay seres humanos de segunda categoría; por sugerir que hay una diferencia entre lo que dice una persona y lo que dice otra solamente por el hecho de ser quienes son; por pretender que la condición de haber nacido mujer es una desventaja existencial. Es la verdad que señala a quienes comercian con el cuerpo de otra persona y a quienes conciben a seres humanos como meros accesorios. Es una verdad que clama, y que clama con fuerza, porque su transgresión siempre será una provocación en contra de la vida misma. Esa provocación es lo que lleva a tantas personas a responder con violencia. Es el motor del resentimiento y la inagotable sed de restitución, porque lo que esconde de fondo es un profundo dolor.

Dije también que es una verdad que alivia y conforta. Lo creo cierto. Igualmente, si no he mencionado bajo una sola sentencia dicha verdad, es porque resulta limitante tratar de encerrarla bajo la forma de otras verdades que de ella se desprenden. La única forma de hablar de ella es diciendo mucho, o no diciendo nada. Prefiero la primera y por ello me atrevo a decir también que dicha verdad es lo que me lleva pensar que, en este escenario tan obscuro, de cara a los males de este mundo, la respuesta no puede estar en ese mismo mundo. Quiero decir que la respuesta no puede estar en el actuar de los transgresores. La verdad de la que hablo me lleva a pensar más bien que de frente al dolor y a la iniquidad siempre están la esperanza y la compasión. Sin esperanza no habría lucha, y sin compasión no habría sororidad ni hermandad. Hay una fuerza que hace que todo esto se mantenga y que sostiene al amor de cara al odio. Esta fuerza es la que ha llevado a tantas a las plazas a gritar por justicia; es la misma que ha llevado a muchas a mostrar una parte esencial de esta verdad de la que hablo: la valentía de todas las que de frente a la hostilidad e incomprensión de este mundo optan por vivir y defender el amor, la gentileza y la ternura. Precisamente no porque crean que son virtudes exclusivamente femeninas, sino porque saben perfectamente que es lo que todo el mundo necesita, y que sin esa semilla toda la justicia no alcanzaría para lograr los cambios que hacen falta.

La verdad de la que hablo es, dicho en términos muy generales, la verdad de la humanidad. No me detendré ahora a exponerla con el detenimiento que requiere; solo diré que creo que en nosotros está el motor de la vida nueva que ha de nacer (y que está por nacer). Pronto las plazas estarán vacías, las calles volverán a silenciarse y cada cual continuará con su vida de ordinario, pero quiero pensar que nada será igual, que nada de esto volverá a pensarse del mismo modo y que la huella de este reclamo quedará para siempre. Quiero pensar también que un día esas voces dejarán de gritar, porque ya no será necesario. Quiero pensar que por encima de la violencia va a triunfar la paz. Quiero pensar que, si ahora se clama por justicia, después se podrá cantar en memoria de quienes hoy hicieron posible vivir sin miedo. Pensando así, me parece, es la única forma en que podrá suceder.

2 thoughts on “Quiero que el feminismo desaparezca”

  1. Estoy deacuerdo contigo y soy mujer.
    Llevo investigando y leyendo, 7 años completos, sobre el feminismo, y he llegado a varias conclusiones.
    Con todo gusto, podemos comentar el punto, ya que sé mucho sobre esto.

    Mil gracias!
    Ana

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