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Quiero que el feminismo desaparezca

Hace casi un año dije que el feminismo no debería de existir. Hoy lo sostengo y lo digo quizá con más convicción. Desearía que no fuera necesaria en el mundo su presencia. Sin embargo lo es. Lo sigue siendo porque tienen razón todas las personas que reclaman seguridad, igualdad de oportunidades y algo tan fundamental como el mínimo trato digno que se le daría a cualquier ser humano. Sigue siendo, y seguirá siendo, indignante e inaceptable que la mitad de la población sea tratada como objeto de consumo y de deseo, que la relevancia de su existencia y de sus méritos se reduzca a la sombra de un segundo plano. Sigue siendo una infamia, simple y sencillamente, que tantas personas sean tratadas como objetos. Igualmente indignante es la falta de respuesta de las autoridades, la insistencia por minimizar el problema y la negligencia de todos los que pueden hacer algo al respecto.

Lo dije antes también: creo que todas las palabras del mundo no alcanzan para poder decir algo sobre el dolor por toda la sangre derramada, por todas las vidas perdidas. Esa sangre inocente clama desde la tierra donde fue vertida. Esta exigencia se eleva con fuerza desde las marchas para trascender la esfera de lo político y penetrar también en el campo de lo más íntimo; porque ahí también las cosas tienen que cambiar. Las voces que piden a gritos justicia y equidad ya no sonarán sólo en las calles y en las plazas, sino también en los hogares y en las casas. El silencio de las víctimas es nuestro más grande escándalo. No serán sólo las leyes y nuestras estructuras las que tendrán que cambiar. El cuerpo político empujará inevitablemente la balanza hacia un estado más justo. Pero la justicia estatal no basta; nunca será suficiente si no se siembra la semilla de un nuevo espíritu. Lo digo con toda la mística y la poesía que me permite mi limitado lenguaje, porque es la única forma que conozco de expresar la conversión de la que quiero hablar. Las voces que buscan hablar de esta verdad profunda seguirán sonando en los foros, pero más importante aún es que suenen y resuenen en los corazones de los hombres.

¿Qué verdad es esta? Se preguntarán algunos. Es una con muchas caras, pero que puede y debe ser conocida. Es una verdad que confronta y acusa; pero también que alivia y conforta. Es la misma verdad que es transgredida con cada violación, con cada asesinato, con la esclavitud, con la trata de blancas y con cada injusticia padecida por quien ha tenido el infortunio de ser quien es por nacimiento. Es la verdad que se profana cuando son humilladas e ignoradas las víctimas y quienes padecen iniquidad. Dicho en términos mundanos, es la misma verdad que nos acusará por pensar que hay seres humanos de segunda categoría; por sugerir que hay una diferencia entre lo que dice una persona y lo que dice otra solamente por el hecho de ser quienes son; por pretender que la condición de haber nacido mujer es una desventaja existencial. Es la verdad que señala a quienes comercian con el cuerpo de otra persona y a quienes conciben a seres humanos como meros accesorios. Es una verdad que clama, y que clama con fuerza, porque su transgresión siempre será una provocación en contra de la vida misma. Esa provocación es lo que lleva a tantas personas a responder con violencia. Es el motor del resentimiento y la inagotable sed de restitución, porque lo que esconde de fondo es un profundo dolor.

Dije también que es una verdad que alivia y conforta. Lo creo cierto. Igualmente, si no he mencionado bajo una sola sentencia dicha verdad, es porque resulta limitante tratar de encerrarla bajo la forma de otras verdades que de ella se desprenden. La única forma de hablar de ella es diciendo mucho, o no diciendo nada. Prefiero la primera y por ello me atrevo a decir también que dicha verdad es lo que me lleva pensar que, en este escenario tan obscuro, de cara a los males de este mundo, la respuesta no puede estar en ese mismo mundo. Quiero decir que la respuesta no puede estar en el actuar de los transgresores. La verdad de la que hablo me lleva a pensar más bien que de frente al dolor y a la iniquidad siempre están la esperanza y la compasión. Sin esperanza no habría lucha, y sin compasión no habría sororidad ni hermandad. Hay una fuerza que hace que todo esto se mantenga y que sostiene al amor de cara al odio. Esta fuerza es la que ha llevado a tantas a las plazas a gritar por justicia; es la misma que ha llevado a muchas a mostrar una parte esencial de esta verdad de la que hablo: la valentía de todas las que de frente a la hostilidad e incomprensión de este mundo optan por vivir y defender el amor, la gentileza y la ternura. Precisamente no porque crean que son virtudes exclusivamente femeninas, sino porque saben perfectamente que es lo que todo el mundo necesita, y que sin esa semilla toda la justicia no alcanzaría para lograr los cambios que hacen falta.

La verdad de la que hablo es, dicho en términos muy generales, la verdad de la humanidad. No me detendré ahora a exponerla con el detenimiento que requiere; solo diré que creo que en nosotros está el motor de la vida nueva que ha de nacer (y que está por nacer). Pronto las plazas estarán vacías, las calles volverán a silenciarse y cada cual continuará con su vida de ordinario, pero quiero pensar que nada será igual, que nada de esto volverá a pensarse del mismo modo y que la huella de este reclamo quedará para siempre. Quiero pensar también que un día esas voces dejarán de gritar, porque ya no será necesario. Quiero pensar que por encima de la violencia va a triunfar la paz. Quiero pensar que, si ahora se clama por justicia, después se podrá cantar en memoria de quienes hoy hicieron posible vivir sin miedo. Pensando así, me parece, es la única forma en que podrá suceder.

Los patos no hacen filosofía

Una tarde de verano en la Antigua Grecia (Ver nota 1). Bueno, bienvenido de regreso. Como decía: Una tarde de verano en la Antigua Grecia, un hombre, el primero de los grandes metafísicos, podríamos llamarlo, salió a la terraza de su casa y, asombrado y estupefacto ante el desfile de mosquitos que frente a su mirada nostálgica y filosófica se desplegaba, decidió mirar al cielo. Miró… y miró… y miró… Y todo esto sucedió en una fracción de segundo. Luego dejó de mirar para que no se le quemaran los ojos con el sol. Posó su griega y filosófica mano sobre su rostro, a una altura considerable, pero lejos de su nariz, a una distancia de aproximadamente tres dedos, lo suficiente como para respirar y poder ver. La colocó en la posición de lo que el hombre contemporáneo y burgués (sí, tú) ha tenido a bien con llamar “cachucha”, puesto que calábale el sol en sus griegos y filosóficos ojos.

1. Ellos no sabían entonces que eran antiguos, sólo sabían que eran griegos… o algo así, pero eso da igual. Aunque si te pones a pensarlo es raro que le digamos “antigua Grecia”, o que digamos “antes de Cristo”. No es como que ellos se hayan puesto a pensar “carambolas, vivimos en el 112 antes de Cristo” porque entonces alguien diría “sí, pero ¿quién es Cristo?” y alguien más contestaría “pues Cristo, el… emm, tú sabes, éste el que… sí”. Y así. No sabrían contestar porque no sabrían quién es Cristo. Pues los griegos no sabían quién es Cristo y de todos modos vivían en una época “antes de Cristo”. No me preguntes cómo le hacían. Pero en fin, si ya leíste todo este párrafo, ¡felicidades! Muy poca gente lee completas estas cosas que se llaman “notas al pie” y que hacen de la vida académica un tormento. Pero el autor siempre aprecia cuando las leen 🙂

Miró hacia el horizonte y divisó un río en la honda lejanía de su vastísimo rancho. Sólo que antes no se llamaba “rancho”, sino que se llamaba “villa”. Una villa griega, para ser más precisos (Ver nota 2). Y en el río había unos patitos con su mamá pata, a quienes no les importó un comino la presencia obtusa de nuestro griego y filosófico amigo, puesto que los patos, patos son, y los hombres, hombres son; y ni los patos se entrometen en asuntos de hombres, ni los hombres en asuntos de patos. Y a los patos no les importa la filosofía, puesto que no son capaces de hacerse las grandes preguntas existenciales por el sentido de la vida. Ellos sólo piensan en trivialidades y vulgaridades, en peces, mosquitos y lama. De vez en cuando piensan también en pan o en atún. Sus conversaciones son de lo más aburrido, lépero y soez. Se la pasan hablando de reggaeton del feo y comparten memes horribles. No son como los perros, que sí son agradables.

2. No tendría sentido que hubiera una villa turca en Grecia, o una villa japonesa. Sería estúpido.

Esto que llamamos hombre, en cambio, aun siendo la quintaesencia del polvo, es la más excelente de todas criaturas que habitan la tierra. Es el único ser que es capaz, con la luz del entendimiento, y aun con las facultades más simples, de apreciar y valorar aquello que verdaderamente importa en la vida. Es el único que es capaz de tener al hijo más feo de toda la cuadra y de todos modos mirarlo y exclamar: “¡Santas castañuelas, tengo al hijo más bello del universo!” Es el único que es capaz de entregar voluntariamente su vida en abnegado y generoso sacrificio a un ser aborrecible e imperfecto al que llama esposa (o esposo). Es el único capaz de cometer el craso error de enamorarse y de tomar la valiente decisión de amar. Es el único ser mundano a quien le importa la risa, la diversión, los amigos, el arte, el pensamiento abstracto, el quehacer científico, la indagación metafísica, la contemplación de lo divino, las acciones desinteresadas, la vida buena, Netflix y los tacos. Es el único ser, en suma, que es capaz de hacer filosofía sólo porque le gusta. Es el único ser que no necesita de una profesión aburrida y un horario enojoso para darle sentido a su vida. Podría pasarse la vida entera trabajando, siendo un contador, un abogado, un empresario, un doctor o un ingeniero (todas profesiones nobles); pero sin filosofía, sin arte, sin religión, sin diversión, sin amigos y sin amor, va a llegar el día en que se levante de su cama, camine hacia el refrigerador, coma un plato de cereal desabrido, conduzca en medio del tráfico estando medio dormido y medio despierto, llegue al trabajo, cumpla con una jornada más y regrese a su casa a cenar una lata de atún, sólo para darse cuenta de que su vida es gris. Sólo para percatarse de que no le pasa nada, pero que ése es precisamente su problema: no le pasa nada, nada le viene y nada le va. Todo le vale menos que nada. Su vida es lo mismo que un cascarón vacío. Su trabajo no le satisface y no tiene amigos. Su existencia se agota en un ir y venir constante que no lleva jamás a ningún lado y sólo lo hace sentir cada día más y más cansado. Sin ganas de hacer nada, sin motivos reales para continuar con aquello que comenzó como una carrera para la cual gastó cinco años de su vida en la universidad. Y se mirará frente al espejo y se dirá “¿Qué c**o hiciste?”… y no tendrá respuesta, puesto que todo lo hizo porque le dijeron que así debía de ser y nada porque así lo quiso él. ¡Qué miserable sería la vida del hombre si no hiciera nada que no sea útil o que no sirviera para algo! (Ver nota 3) ¡Qué horrible no poder hacer cosas inútiles!

3. Caramba, qué profundo…

Pero nuestro griego amigo no es un pato, ni una persona gris; nuestro amigo es un filósofo, como los hombres, y no se contenta con sentarse a ver pasar la existencia sin haberle sacado jugo del bueno. Nuestro amigo no se la vive esperando a que le caiga la quincena para ir a gastar como energúmeno en cosas absurdas. Nuestro amigo es un hombre que quiere saber el porqué de las cosas, que quiere entender el universo y entenderse a sí mismo. Es el tipo de personas que te encuentras en una fiesta y te comienza a hablar de aquello que compone la materia del universo, de aquello de lo cual la existencia misma está hecha; y tú le pones atención, te interesa escucharlo porque ya estás hasta el cogote de tu otro amigo borracho que se la pasa haciendo ridículos. Tú lo quieres escuchar porque finalmente encontraste a un sujeto que se hace las mismas preguntas que tú, preguntas como ¿qué hay después de la muerte? ¿qué pasa si una serpiente se empieza a devorar a sí misma? ¿si una mujer embarazada se mete a nadar, entonces el bebé está a bordo de un submarino humano? ¿será que la realidad es un sueño y los sueños son realidad? ¿y si el universo en realidad es un estornudo cósmico en cámara lenta? Preguntas que valen la pena.

Nuestro amigo tiene nombre, nuestro amigo se llama Heráclito, y mientras nosotros estamos aquí pensando en patos y latas de atún, él ya caminó hacia el río que cruza por su villa. Miró entonces el agua y un pensamiento fugaz pasó por su mente: ¿Qué pasa si en realidad el universo no tiene un componente fijo? ¿Qué pasa si Tales de Mileto y Anaxímenes se equivocaron y el mundo no está hecho ni de agua ni de aire? ¿Qué pasa si está hecho de otra cosa? (Ver nota 4) ¿Qué pasa si en realidad la esencia del universo es ser y dejar de ser; siempre dejar de ser, siempre dejar de existir sólo para existir nuevamente en un continuo y eterno renacer que nunca se termina? ¿Qué pasa si el mundo no es lo que creemos? ¿Qué pasa si el mundo es como un puño de arena que agarras en la playa y, mientras lo miras, éste va desapareciendo entre tus dedos porque la existencia misma siempre se escapa en lo que nos ponemos a contemplarla? Cuando menos te lo esperas tu mano ya está vacía, y si aprietas con más fuerza la arena se va más rápido. ¡El mundo entero ya se te fue de las manos mientras tú te quedaste como tonto mirando, todo mojado, en traje de baño, con la arena quemándote los pies! ¡La existencia se te escapó mientras un vivo te robó la toalla y ya te quitaron el camastro! Pero no importa. No importa porque estabas filosofando y aprendiste algo que Heráclito aprendió mientras veía estupefacto un río y los patos se burlaban de él. Aprendiste que la realidad desaparece con el paso del tiempo porque no lo podemos detener. Siempre avanza y no espera nadie. La niña que antes era una belleza ya se convirtió en una vieja fea decrépita y tú, cuando menos te los esperas, ya estás gordo, pelón y arrugado y tienes que levantarte con cuidado porque te duelen las rodillas. La realidad misma está sujeta al tiempo. El tiempo sujeta a la susodicha sujeta por su jeta, pero la jeta de la sujeta ya dejó de ser lo que antes era. Y peor aún si te “jeteas”(Ver nota 5). ¡Despierta, estúpido!… Perdón, me aceleré. Respira (Ver nota 6).

4. ¿Tú sabes de qué?… Porque yo, la verdad, no.
5. Estado soporífero también conocido como “dormitar”.
6. Aquí el autor, claramente, estaba muy emocionado y se imaginó que su lector (o sea tú) se agitaría igual que él porque, tal como él, es también un filósofo que quiere conocer la verdad. Pero vamos lento… “despacito y buena letra, que el hacer las cosas bien importa más que el hacerlas” (Antonio Machado).

Heráclito se dio cuenta de una cosa: la realidad siempre cambia. Las estaciones cambian, los animales cambian, el clima cambia, la tierra cambia, la vida misma cambia, tú cambias y yo cambio. Ya no eres el mismo enclenque iluso que eras hace tres años, ahora eres… diferente. Pero eso no es novedad, hay que ir más lejos, hay que cavar más profundo todavía. Ya no eres el mismo que eras ayer, ni el mismo que eras hace unas horas. Es más, ya no eres el mismo que eras hace cinco minutos, ni hace un minuto. ¿Sabes por qué? Porque hace uno, dos o tres minutos no habías leído esto. Tu vida quizá no cambie radicalmente, pero ya me leíste, ya no hay vueltas atrás, no me puedes des-leer, no puedes deshacer lo que está hecho, no puedes desdecir lo que dijiste ni des-pensar lo que pensaste. Yo tampoco puedo desdecir lo que dije ni des-escribir lo que escribí (Ver nota 7). No puedo hacer nada por mi “yo” de hace cinco minutos. Se fue. Ya no es, ya fue, ya no será. Ahora soy distinto, soy yo más cinco minutos, soy yo más estas líneas escritas y lo que pasó por mi mente. Soy yo más el vaso del whisky que me tomé. Soy otro yo y tú eres otro tú. Siempre vas a ser tú más un segundo, más un instante hasta que te mueras, hasta que tu cuerpo deje de respirar y, entonces más que nunca, ya no habrá marcha atrás. Aún si resucitas eres el tú que ya se murió porque, mientras pensabas en todo esto, llegó la marea y te llevó, luego un salvavidas te rescató y te hizo volver a respirar (Ver nota 8). Y mientras te distraía con todas estas diatribas y fumadas filosóficas, nuestro amigo Heráclito ya cambió también. Ahora tiene una teoría. Ahora es Heráclito más su teoría. Es Heráclito más el río, los patos y su nueva idea. Pero no te voy a decir la teoría de Heráclito todavía, primero hay otra cosa por hacer.

7. A menos que lo borre antes de que llegues a leerlo. ¿Pero sabes qué? No lo hice. No lo borré y ya lo leíste y ahora no hay poder humano que lo saque de tu cabeza.
8. Con respiración boca a boca y otras técnicas de primeros auxilios… qué asco, besaste a un salvavidas que acaba de comerse un cóctel de camarón.

Piensa en el presente… ahora espera, espera, espera y espera. No, no es pera, es espera. ¿Sabes qué pasó? Ese presente que pensaste hace unos segundos ya dejó de ser y esta palabra que estás leyendo, esto que digo, ya no es. Ya dejó de ser. La leíste, sí, pero mientras la leías ya dejó de sonar en tu mente. Ahora intenta leer lo que te voy a decir en voz alta, no importa en dónde estés, verás que algo increíble va a suceder; lee, es más, grita, por favor, la siguiente palabra en voz alta: ¡Papaya!… ¿Sabes qué pasó? (Ver nota 9) La papaya ya no es… A ver, lo explico de otro modo. Gritaste la palabra “papaya”, pero ese momento ya se lo llevó el tiempo. La palabra “papaya” sonó mientras la decías, pero no sigue sonando para siempre hasta el infinito. La escucharon quizá los que estaban cerca. Pero la escucharon una vez, y ya. Quizá la repetiste. No importa, cada repetición es única. No es el mismo sonido sonando siempre. Pero ¿sabes qué es lo más increíble?… ¿Me puedes decir si el tiempo existe? Sí, inténtalo. Llevo un buen rato hablándote del tiempo (Ver nota 10) pero ¿me puedes decir si el tiempo existe? ¿Y si te dijera que no? Mira, contéstate a ti mismo lo siguiente: ¿Qué es el presente? Lo que es ahora ¿no? Muy bien. ¿Qué es el pasado? ¿Lo que ya fue, verdad?… Bien… ¿Lo que fue existe o existió?… Si existió entonces ahora ya no existe, pero si existe ahora entonces no es pasado, es presente. ¿Te das cuenta? (Ver nota 11) Sí. Es casi paradójico. ¿Y el futuro?… ¿Existe o existirá?… Misma cosa, si existe ahora entonces es presente, no es futuro, pero si existirá entonces no existe. Por eso pregunto ¿El pasado y el futuro existen?… Al parecer no, al parecer lo único que existe es el presente. Pero hay un problema: el presente, en cuanto empieza a existir deja de ser, sólo dura un instante. Entonces… ¿Existe el tiempo? Yo creo que sí. Yo creo que Heráclito tenía razón ¿Sabes por qué? Porque mientras Heráclito miraba el río se dio cuenta de una cosa: la realidad es como un río, siempre fluye. Es como un río que siempre tiene agua nueva. Por eso dijo Heráclito que uno no puede bañarse dos veces en el mismo río. Porque el agua ya es distinta, pero ¿sabes qué más? También tú eres distinto. Diferente agua y diferente tú. Nunca te puedes bañar en el mismo río, ni el mismo río puede bañar a la misma persona.

9. Sí, de entrada que te viste como un estúpido.
10. ¿Qué paradójico, no?
11. ¡¿Qué mier*** ?!

¿Y el mundo? ¿De qué está hecho entonces, señor Heráclito? ¿De agua? Podríamos preguntarle a nuestro amigo. Pues no. No está hecho de agua. El principio de todas las cosas, el ἀρχή (Ver nota 12). Aquello que explica el origen del universo y la totalidad de la existencia no es el agua, ni el aire, ni lo indeterminado. Lo que verdaderamente es el principio de todo… es el fuego. Sólo el fuego puede explicar el cambio porque el fuego es, en esencia, cambio. El fuego nunca es lo mismo que era un momento antes, siempre se mueve. El fuego es la energía convertida en elemento, la energía es la fuerza del cambio y el cambio es lo único que siempre permanece en el mundo. La teoría a la que llegó nuestro amigo Heráclito mientras nosotros nos echamos nuestro viaje, e ignoramos al hombre parado junto al río, es que el principio del universo es el fuego.

12. Argé: El principio de todas las cosas, aquello de lo que se compone la materia y explica el origen del mundo. El elemento primordial, la esencia del universo, nuestro origen, la explicación de la vida misma y… bueno, creo que entienden el punto ¿no? Es bien importante esa cosa.

El feminismo no debería de existir

Lo digo del mismo modo en que diría que ojalá no existiera la quimioterapia porque ojalá que no existiera el cáncer. Sin embargo la quimioterapia existe porque el cáncer existe. La quimioterapia es necesaria. El feminismo es necesario. La quimioterapia es agresiva y produce gran conmoción en el cuerpo. El feminismo puede ser agresivo y producir gran conmoción en el tejido social. Pero son necesarios. ¿Es el fin de la quimioterapia el malestar que sufre el cuerpo? No. Es el fin de la lucha feminista el malestar social? Tampoco.

La gran pregunta, por supuesto, es: ¿hasta dónde? ¿Hasta dónde llevar el tratamiento sin que destruya al cuerpo? ¿Hasta dónde llevar la protesta social sin que resulte perjudicial? Lo primero sólo un médico lo puede contestar. Lo segundo nos toca a todos tratar de averiguarlo. Pero no es la prioridad. La prioridad es clara: la enfermedad debe terminar. No va a ser fácil. Nunca lo es. Pero debe terminar. Porque por mucho que nos duela ver nuestros monumentos y bienes materiales destruidos hay que reconocer una verdad ineludible: ellas tienen razón. No sólo ellas, yo también estoy harto, asqueado incluso, de seguir viendo todos los días, sin excepción, noticias sobre desapariciones, secuestros, asesinatos, violaciones y demás depravaciones. Y estoy igualmente cansado de esa incómoda verdad que está detrás de cada post de Facebook pidiendo ayuda para localizar a una persona desaparecida: la autoridad está rebasada. No hace nada. Nada. No hay estado de derecho, sino total, completa y grosera impunidad. Es muy frustrante saber que son las redes sociales las que tienen que hacer gran parte del trabajo, las que tienen que atraer la atención sobre los miles de casos porque la autoridad no sólo está rebasada, muchas veces también es negligente.

La causa, pues, es muy clara. Sería una miopía moral no ver el nivel de gravedad del problema. Lo que sucedió el viernes no es un problema, es un síntoma. ¿Me duele ver el ángel grafiteado? Sí, pero los bienes materiales van y vienen, la estatuas se reparan, los monumentos se limpian. Pero la vida de una persona jamás se recupera. No en este mundo al menos. Es por eso que la lucha es muy necesaria.

¿Hubiera hecho yo lo mismo que quienes protestaban el viernes? Mi primera respuesta es que no. Por un lado porque soy muy escéptico de las marchas y, por el otro, porque soy consciente de que la razón individual fácilmente puede diluirse en la masa y convertirse en barbarismo. Me puedo perder en un laberinto mental de “hubieras”, pensando en si habría sido mejor una marcha de silencio, o una protesta pacífica. Sí, pero aún con todo, ellas lograron uno de sus objetivos: estamos hablando del problema públicamente, ya no sólo en lo privado. Y si usted está leyendo esto y haciendo un ejercicio de reflexión (que espero que así lo sea), es gracias a ellas.

Otra pregunta obligada es: ¿Cuál es el problema? A ello se puede responder con una sola palabra: la violencia. Violencia como violencia de género, violencia como violencia contra las libertades civiles, violencia en contra de la seguridad que todos esperaríamos poder tener de facto. La violencia está en el corazón de todo lo que tanto nos aqueja. La violencia es lo que todos buscamos eliminar. Paradójicamente estamos hablando, por lo tanto, de una lucha en contra de la violencia. De la mano de ésta hablamos también de una lucha contra la impunidad, contra la desigualdad, contra la inseguridad e incluso contra ciertos prejuicios. Todo ello, visto de manera positiva, conduce a su vez a una lucha por la paz, por la justicia, por la igualdad, por la seguridad y la comprensión. Sobre todo paz y justicia; estoy seguro que eso es lo que todo mexicano desea en su corazón. Estoy seguro de que esas son las prioridades de las protestas.

Pero la justicia y la paz son difíciles. ¿Es eso excusa para resignarse y dejar de luchar? Jamás. Todo lo contrario, es la razón por la cual la lucha es tan necesaria. Es la razón por la cual hay que evitar a toda costa el conformismo. Pero esa lucha que no debe amainar tampoco es fácil. No es fácil porque se deben evitar a toda costa dos cosas: la glorificación romantizada de la revolución y la violencia contra los inocentes. Ninguna lucha, por muy noble que sea, está justificada para violentar a los inocentes. ¡Jamás! Y eso tiene que quedar bien claro. Porque, es verdad, los bienes materiales se reparan. Pero las vidas que se van no vuelven. Hacer violencia a un inocente para luchar contra la violencia es insostenible. No se puede eliminar a un monstruo si en su lugar se impone otro monstruo; y eso es justamente lo que le sucede a las revoluciones romantizadas y glorificadas: en el momento en que se convierten en absolutos morales se vuelven ciegas ante cualquier objeción que pueda oponérseles. Es entonces cuando se acepta cualquier medio con tal de perseguir la causa. Sucedió en Francia en la época del terror, le sucedió a la Rusia comunista y le sucedió incluso a nuestro país con la dictadura que se estableció luego de nuestra revolución.

Esta lucha tiene que seguir. Es necesaria. No podemos seguir así. Ningún Estado es sostenible a costa de la sangre de sus ciudadanos. Pero lo más difícil será no dejarse llevar por el muy entendible deseo de satisfacción por la sangre derramada. Es una lucha que, como he dicho, si bien la entiendo, es lucha por la paz. No debemos olvidar eso. Y si eres feminista y estás leyendo esto, sabe que cuentas con mi apoyo, pero por favor nunca olvides que lo que todos queremos es la paz.

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